lunes, 17 de febrero de 2014

Domingo V, VI, VII Y VIII. Tiempo Ordinario. Ciclo A. 2014

Domingo VIII
La Providencia de Dios

En las lecturas de este último domingo del tiempo ordinario antes de entrar en uno de los tiempos fuertes que vivimos en la Iglesia, la cuaresma, que es el tiempo anual de conversión y preparación a la Pascua, en la cual nos unimos al pueblo de Israel que peregrino cuarenta años en el desierto, y a Jesús, que paso cuarenta días antes de empezar su ministerio. La cuaresma comienza el Miércoles de Ceniza, en el que recibimos la ceniza que es un sacramental no un sacramento, para recordar que Dios nos creó y que el pecado nos separa de él.
"¿Qué comeremos? ¿Qué beberemos? ¿Con qué vestiremos?" Esto nos lo dice Jesucristo en el Evangelio (Mt 6, 24-34) y son sin duda, unas de tantas preocupaciones que tiene  las personas que muchas de las ocasiones nos llevan a desconfiar, olvidarnos de la Providencia de Dios. Este es lo que Jesús nos invita, a tener una confianza plena en él, pues él nos ama y quiere que seamos felices. Pero muchas veces el mundo como nos lo dice el Papa Francisco en "Evangelii Gaudium" "El gran riesgo del mundo actual, con su múltiple y abrumadora oferta de consumo, es una tristeza individualista que brota del corazón cómodo y avaro, de la búsqueda enfermiza de placeres superficiales, de la conciencia aislada" (pg.3 nº 2). "Nadie puede servir a dos amos…ustedes no pueden servir a Dios y al dinero" son palabras que deben cuestionarnos, sobre ¿qué o quién dirige nuestra vida? ¿En quién tenemos puesta nuestra esperanza nuestra seguridad? En las cosas materiales que son vanas, pasajeras o en Dios que nos dice "Busquen el reino de Dios y hacer su voluntad y todo lo demás les vendrá por añadidura".
Es tiempo que nos demos cuenta del tesoro que llevamos dentro y de la maravilla de seguir y servirle a nuestro Señor, pues siempre estamos presentes para él, como nos dice el profeta Isaías "te llevo tatuado (a) en la palma de mi mano" preocupémonos pues por agradarle en cada uno de los quehaceres de nuestra vida, confiando más y más en él, que lo es Todo y con nuestro poco lo seamos TODO con él.
Seminarista Fernando Durán Muñoz


Domingo VII
Sean perfectos: sean santos

1.                  Amar y ser perfecto
En su origen, la palabra "perfecto" indica aquello que está "completo," es decir, completamente hecho. ¿Y qué es lo que "hace" humano al humano? Podría pensarse: la capacidad racional. O tal vez: la tecnología. O la capacidad de coordinación y liderazgo. La respuesta bíblica es distinta: sólo el amor completa nuestra ser y lo lleva a plenitud. Por lo tanto, el mandato fundamental, tanto en el Antiguo como en el Nuevo testamento es: amar, porque solo el amor conduce a la perfección al ser humano.
2.                  El amor hace caminar y hace camino
Una palabra tan importante en la vida humana ha sido tratada y maltratada al extremo. Redimir la vida requiere redimir el amor, esto es, llegar a comprenderlo y vivirlo en su plena altura y nivel. La referencia es la misma en toda la Biblia: Dios. Él es la fuente y por consiguiente el criterio de lo que significa amar. Su amar es santo y por eso el amor no puede llegar a plenitud si no busca ser santo. En el Antiguo Testamento la santidad se comprende ante todo como ponerle un límite al mal, y por ello el amor se comprende como lenguaje y adhesivo dentro de la comunidad elegida, es decir, Israel. El Nuevo testamento dará el paso decisivo: ser santo no es sólo limitar el mal sino hacer avanzar al bien, y por eso Cristo lanza el amor a la última potencia, sin excluir ni siquiera a los enemigos y a los que nos persiguen.
Así pues, el mandato de Jesús: "sean perfectos como es perfecto vuestro Padre celestial" nos ha de mover a quitar esos obstáculos que nos impiden amar y que nos llevan a la desidia en sobreponer a Dios sobre todas las cosas.
Pbro. J. Manuel Nuño Camacho


Domingo VI
Vivir en libertad según Cristo

En las lecturas del Domingo 6º del tiempo ordinario, escuchamos como Dios en el libro del Eclesiástico, nos da la oportunidad de vivir en plena libertad, es decir, nosotros somos capaces de vivir de una manera en lo bueno, que es la voluntad de Dios, que tengamos vida y la tengamos en abundancia, o también, vivir según nuestra propia voluntad, nuestros propios intereses que muchas de las veces nos conducen a un egoísmo y un libertinaje. Por eso San Pablo en la carta a los Corintios nos habla de una manera muy clara, el actuar con sabiduría, según el Espíritu, pues solo él, si nos disponemos con un corazón sincero y transparente, descubriremos cual es la voluntad de Dios, pues gozamos de esta presencia ya que como también nos lo dice en la carta a los Romanos "somos templos del Espíritu Santo". Por tanto, tengamos una plena certeza de que movidos por él, como nos lo recuerda el salmo, encontraremos la dicha de caminar en la voluntad del Señor, que quizá no deja de ser un camino cómodo, un camino estrecho, pero vale la pena pues nos conduce a una verdadera libertad y felicidad plena.
El evangelio es Cristo mismo que nos da a conocer que no viene a abolir nuestra vida, proyectos, no, viene a darle plenitud, si le permitimos que él sea el centro de nuestra vida misma. No nos cansemos de pedirle a nuestro Señor que nos conceda la gracia de agradarle con cada una de nuestras acciones, en nuestros trabajos, familia y nuestros proyectos.
Seminarista Fernando Durán Muñoz


Domingo V
¿Qué significa ser luz del mundo?

Jesús nos llama a ser luz, a ser portadores y comunicadores del Bien y de la Verdad. Es una invitación y un mandato; es un derecho y un deber. Inmensa tarea que entendemos de inmediato, a la vista de cuántas oscuridades ha tenido nuestra propia vida y de cuántas padece el mundo. Ser luz es estar a la vista de todos, como la ciudad en la cima del monte. Ello implica ser identificados como creyentes y de algún modo estar expuestos a la burla, la crítica, la ironía, o quizá también: expuestos a la mirada de alguien que quiere saber cómo cambiar su existencia. Un detalle no debe pasar inadvertido: la finalidad de nuestro proceder es la gloria de Dios, es decir, que Dios sea conocido como Señor y amado como Fuente de todo bien. Pero también todo aquello que pretenda que los demás atribuyan a nosotros lo que sólo tiene su fundamento en Dios es oscuridad.
Por ello en la primera lectura Dios nos dice: "Parte tu pan con el hambriento, hospeda a los pobres sin techo, viste al que va desnudo, y no te desentiendas de tu semejantes. Entonces brillará tu luz como la aurora." Entendemos de estos textos lo ya dicho: las obras de inexplicable generosidad que marcan la vida del creyente son las señales de un amor que va más allá de la conveniencia, y por tanto, las señales que vencen la oscuridad del mundo, como lo hizo la madre Teresa de Calcuta: ser luz para el mundo, luz donde nadie quiere brillar. Que a base de buenas obras, que parten de lo profundo a lo externo, brillemos como la luna, no con luz propia, sino con la luz que es Cristo.
Pbro. J. Manuel Nuño Camacho

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