La
Vida como Camino: En la primera lectura y en el evangelio de
este domingo aparece el tema del seguimiento: Eliseo llamado a seguir a Elías; varias personas ante el llamado
de Cristo. Por ello la vida es camino y vivir es caminar; elegir el camino es
elegir la meta.
Quien dice que de nadie es
discípulo y que a nadie debe nada está mintiendo. La actitud de Eliseo, que quema
su arado y asa en él la carne de sus bueyes indica un punto de no retorno. Este
acto de resolución interior y su correspondiente gesto exterior marca el comienzo
de algo nuevo. Aquí hay un mensaje para nosotros: que Jesús pide algo parecido;
no mirar atrás; tener verdadera y saludable prisa por la causa del Reino de
Dios. Cuanto más definida es la meta, más eficaz la acción realizada. Cristo
nos llama a una actitud resuelta y a convocar lo mejor y más firme de nosotros
en la causa más noble, bella y fecunda: que llegue el Reino de Dios sobre la
tierra.
Una
Vida en Libertad: En la segunda lectura a su vez, Pablo escribe
a los gálatas: "vivan de acuerdo con las exigencias del Espíritu; así no
se dejarán arrastrar por el desborden egoísta del hombre." El contexto es
la libertad cristiana, y el apóstol quiere enseñarnos la diferencia entre la
libertad que viene del Espíritu Santo y la falsa libertad, que en realidad es
egoísmo. La primera nos lleva al servicio de los hermanos, sin ataduras de
prejuicios o de las restricciones rituales de la ley mosaica; la segunda, en
cambio, es ególatra y comodona, y desemboca en cinismo y libertinaje.
Grandeza
de la vocación cristiana: El contraste del Evangelio
con la vocación de Elías: "deja que los muertos entierran a sus
muertos"; "quien toma el arado y mira hacia atrás, expresa la
grandeza de la vocación cristiana: no hay excusa para no seguir a Cristo; es
decir, nada puede dar más felicidad que la entrega al llamado de Dios a vivir
como Cristo, y de ahí ha de partir toda moral cristiana: buscar la belleza en
la excelencia de la vida de perfección del Evangelio.
XIV Dios da el duelo y el consuelo.(Isaías 66, 10-14c) (Salmo 65) (Gálatas 6, 14-18) (Lucas 10, 1-12, 17-20)
Promesa
de Paz: Son
dos puntos que podemos destacar de esta hermosa imagen de la Jerusalén gloriosa:
1) los que se alegrarán son los mismos que por ella llevaron luto, de modo que
la alegría de la que se nos habla es la alegría de la redención. No es el gozo superficial
de un placer que pasa pronto sino la delicia de ver la fidelidad y el poder de
Dios triunfando más allá de los pecados de la misma Jerusalén y más allá del
odio de sus enemigos. 2) La importancia del consuelo. Consolar es otorgar un
bien sobreabundante que sana las heridas del mal. Hay en esto una especie de
justicia. Experimentar el consuelo de Dios es propio de quienes han sufrido por
sus intereses. La visión de la Jerusalén gozosa no es entonces un espectáculo
bonito sino el desenlace de una fe que ha pasado por la humillación y que ahora
se deleita al dejar atrás las horas tristes.
Misión
Exitosa: En este relato evangélico se consuma la visión de Isaías
acerca de la gloria de la Ciudad Santa: Jesús
envía a setenta y dos: Jesús habla de una cosecha para recoger pero
también de tierra plagada de lobos; menciona expresamente las privaciones y la
prisa del camino, propias de quien se dedica a su tarea y renuncia a todo lo
demás; además, no olvida mencionar el caso del rechazo expreso que habrán de
encontrar los que vayan en su nombre."El
Reino de Dios está cerca." Esto es digno de decirlo a todos, a los
que les interesa y lo reciben con gratitud, y a los que no les interesa y rechazan
a los enviados. La misión no acaba ahí, pues es Jesús el que completará el
sentido de esa frase que se dice a todos. La proximidad del Reino se funda en realidad
con la venida de Jesús. De aquí entendemos que donde Él está reina Dios. Jesús habla de una cosecha. Jesús los
envía como encargados de recoger la mies no como sembradores, allí Cristo está
aludiendo a aquello que sembraron los patriarcas y profetas, y también el estado
del mundo que se acerca el momento de "tocar fondo," y en esa
situación crítica la oferta de la gracia es realmente la única esperanza
ofrecida a los pueblos.
Pbro.
Juan Manuel Nuño C.
El relato del centurión nos brinda hoy un
modelo de identificación poco sugestivo y apetecible: apreciar a cada persona
por sí misma, no por su condición, el puesto que ocupa o el beneficio que su
trato me pueda reportar. Ser o tener, esa es la cuestión, he aquí el problema.
Parece que hemos llegado a una encrucijada
en la que la misma esencia del SER consiste en TENER, y cada vez ponemos el
listón más alto en la necesidad de las cosas: quien no tiene nada no es nadie.
¿Qué significa “yo soy”? Yo soy lo que tengo y lo que consumo, un hombre que
consume y devora, un eterno niño de pecho que llora reclamando su biberón.
Creer en el “ser” es aposta por una sociedad interesada, principalmente, en las
personas, optar por el “tener” alumbra una sociedad interesada exclusivamente
por las cosas; decidirse por el “tener” es preguntarse no “qué es bueno para el
hombre, sino qué es bueno para el sistema”.
El Hombre Nuevo se distingue por “su
disposición a renunciar a todas las formas de tener para poder ser plenamente,
y plenamente solidario. Tener y acumular son palabras para olvidar; ser, dar y
compartir son invitados forzosos y obligados en la fiesta.
La muerte en la flor de la vida.
Toda muerte impacta, pero no cabe duda que la muerte de los jóvenes resulta
particularmente dolorosa, porque contradice el curso más natural de las cosas.
La mujer viuda de la Primera Lectura se
estrella contra el absurdo de una muerte así, la de su hijo, y trata de
encontrar sentido relacionando lo que Dios le hace con lo que ella le ha hecho
a Dios.
La imagen de Dios que ella tiene es la de
un vengador, o por lo menos, la de uno que paga con la misma moneda.
El profeta no discute con el
dolor de ella. No sólo se restaura la vida en aquel niño o joven, sino que se
restaura y purifica la fe de la madre.
A veces la mejor respuesta no es una
teoría, sino un acto, un hecho.
Sin defensa y sin sustento. El
cuadro que nos presenta el Evangelio es aún más doloroso en la escena de la
primera lectura. Esta vez no solo se trata de un joven que ha fallecido, sino
que es el único hijo, y la madre es viuda. En una sociedad como aquella, eso
significa que en esa mujer se juntaban todas las pérdidas y desastres: sin
sustento, sin defensa, sin futuro, sin alegría, sin amor. El milagro que
realiza Cristo, al resucitar a este joven de Naím, es entonces mucho más que un
portento inmenso. Es además un acto de compasión entrañable y sobre todo: una señal
de lo que significa su oferta de salvación. En efecto, sin Cristo la humanidad
se vuelve como esa mujer: infecunda, indefensa, sin esperanza ni amor. Por eso
también nosotros necesitamos que la recia voz del Nazareno levante a la nueva
generación, que a veces parece estar ya en brazos de la muerte.
Pbro.
Juan Manuel Nuño C.
Lectio
Divina para los dos relatos: El centurión y el joven de Naím
Lectura: Jesús
sana al siervo de un centurión; ello manifiesta que Dios es cercano a su
pueblo, “no te hablé en un país tenebroso, no dije a la descendencia de Jacob:
búsquenme en el vacío” (Is 45). Jesús busca a los relegados y marginados,
servidor de un oficial romano y una viuda.
Meditación: ¿cómo
manifestamos los discípulos el amor que hemos experimentado de Dios?
Contemplación: Todas
las veces que te has sentido lejano de Dios, y que no has sabido escuchar a
Dios en su silencio. Jesús no es indiferente ante el sufrimiento, sino que es
solidario y compasivo. Agradécele a Dios, pídele perdón por dudar de su
presencia.
Actuar: ¿qué
puedo hacer con las personas que se sienten solas, que sienten que Dios no las
escucha? ¿Cuál es mi actitud ante el sufrimiento de las personas que te rodean?




No hay comentarios:
Publicar un comentario
Nota: solo los miembros de este blog pueden publicar comentarios.